Por eso hemos quedado a oscuras. Ese es el precio de haber «matado» a Dios, el haberlo quitado del centro de la vida, haberlo reducido a un viejo relato sin el poder necesario para articular nuestro orden humano.
Los ancianos pueden ser escuchados como sacerdotes, transmisores de tradiciones. Pero cuando ellas caen en desuso, ya no se puede ver la edad avanzada como poseedora de estos secretos. Queda así privada de sus relevantes funciones de otros tiempos. Sin Dios, y vueltos contra toda tradición religiosa, los tiempos modernos no son los tiempos del anciano. El viejo se despersonaliza, y su edad lo va dejando sin nada que ofrecer.
Con la progresiva retirada de Dios, el hombre coloca sobre sus hombros demasiado que hacer. Más bien, debe rehacer el mundo a su medida. La teología ha perdido su puesto, pero en esta oscuridad varias “lámparas” quieren ser encendidas, distintas teologías se disputan el vacío.
Preguntas para reflexionar:
1. ¿Cómo puedes demostrar que la humanidad en general a “sacado a Dios” de su vida?
2. ¿Consideras que la voz del anciano ya no es tomada en cuenta?
3. ¿Qué hemos perdido como sociedad al silenciar a los ancianos?
4. ¿Para ti qué lámparas se han encendido para buscar tomar el lugar de Dios en la vida de la sociedad?
Luis Miranda