FAMILIAS EN RUINAS

¡Qué tragedia la nuestra! Sufrir sin que nadie nos escuche, sin un consejo sincero que no juzgue ni condene. Vivir aparentando bienestar, cuando en realidad se habita en la más cruel soledad, es una de las cargas más pesadas que puede llevar un ser humano.

FAMILIAS EN RUINAS

Ayer por la tarde viví un momento que marcó mi corazón. En la reunión con los jóvenes en la clínica de adicciones (Circulo Blanco), no pude evitar quebrantarme. Qué fácil es esconder el dolor tras una sonrisa, y qué difícil es percibir las heridas profundas que sangran en silencio dentro del corazón humano.

Comencé la reunión con preguntas simples para despertar sus ojos espirituales, pero lo que salió fue crudo, real y desgarrador:

  • “Así siento, así soy. Quiero ayudar a mi familia, pero no agradecen…”
  • “Quiero luchar por mi familia, pero mi propia familia me ataca…”
  • “La vida en mi casa es peor que un infierno…”

Y si mi corazón ya estaba roto, terminó de quebrarse al escuchar esta mañana a un joven en situación de calle decirme con frialdad y resignación: “Los de la calle son mi familia… es toda la familia que tengo y que deseo.”

Esa confesión me hizo mirarme al espejo y preguntarme: cuántas veces he ignorado las ruinas que hay dentro de mí mismo?, ¿Cuántas veces he permitido que el mundo invada el templo de mi corazón — ese lugar sagrado donde Dios debería habitar?
 He caído. He sido seducido por lo que brilla pero no sana. He dejado entrar voces extrañas, hábitos destructivos y pecados que corroen los muros de mi alma. Lo que escuché no fueron simples quejas. Fueron gritos desde templos profanados. Muros derrumbados que claman restauración. Y aunque no lo queramos aceptar, todos compartimos la misma condición: almas solitarias, hambrientas de un abrazo verdadero, de amor genuino, de alguien que nos vea y nos reconozca.

  • ¿Qué grietas ocultas existen en mi propio corazón que aún no he tenido el valor de entregar a Dios?
  • ¿A qué “ruidos” le he permitido invadir el templo de mi alma?
  • ¿Cuánto tiempo más me justificaré en mi dolor en lugar de buscar la restauración que Dios ya tiene preparada para mí?
  • Si hoy un joven de la calle me llamara “familia”, ¿podría decir con la misma fuerza que yo también estoy construyendo un hogar en Cristo?

La verdad es que no estamos tan lejos de esos jóvenes. Ellos expresan en voz alta lo que nosotros callamos en silencio. La diferencia es que sus heridas se notan en la piel, mientras que las nuestras se esconden detrás de máscaras bien construidas. Pero el dolor es el mismo: soledad, abandono y hambre de amor.

Dios no busca templos de piedra, busca corazones vivos. Y cada vez que dejamos que el mundo invada nuestro templo interior, ese lugar pierde su propósito. No ignores tus ruinas; míralas de frente, llévalas a los pies de Cristo, y permite que Él restaure lo que tú no puedes reconstruir por tu cuenta.

Porque la soledad mata en silencio, pero la restauración de Dios grita vida eterna. No podemos seguir viviendo entre ruinas fingiendo que todo está bien. Lo que escuchamos en esos jóvenes es el eco de una generación perdida, pero también es el espejo de nuestra propia condición. Si no reconocemos que nuestro templo ha sido invadido, nunca tendremos la fuerza para reconstruirlo.

El siguiente paso no es quedarnos contemplando la destrucción, sino aprender a levantar estrategia, identidad y propósito en medio del dolor. No basta con llorar las grietas: necesitamos la valentía de enfrentarlas, la disciplina de resistir, y la fe para entregar cada muro derrumbado a las manos de Dios.

Porque tarde o temprano, la pregunta no será solo “¿qué tan roto estoy?”, sino “¿qué haré ahora con mis ruinas?” Hoy es el tiempo de abrir los ojos: o agradecemos y luchamos para proteger lo que Dios nos dio, o seguiremos siendo esclavos de lo que creemos que nos falta, o de la soledad, la tristeza, el desánimo, la amargura, o del rencor.

Armando Jauregui

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